Que es el “auxilio en la carretera”

La mayoría de los seguros de automóvil incluyen ahora un servicio, que recibe el nombre de «auxilio en carretera», mediante el cual el beneficiario de este seguro puede contar con ventajas importantes cuando su automóvil se ve «varado» por culpa de una avería de modo que no hay forma de que se ponga en marcha o de que pueda recorrer unos metros por sí solo. Inicialmente este tipo de seguro de protección en carretera incluye el servicio de grúa. Este servicio de grúa nos asegura que el coche será trasladado gratuitamente hasta el taller más próximo o conveniente, sin coste para el beneficiario del seguro.

Una vez el coche queda en manos expertas comienzan las ventajas del seguro de auxilio en carretera. Puede que la misma compañía de seguros nos ofrezca un billete de ferrocarril para culminar nuestro viaje, nos pague un taxi o el alquiler de un nuevo coche e incluso nos pague el importe del hotel y todas las incomodidades que nos cueste nuestro forzoso paro en un lugar indeseado de la ruta. Incluso puede que nos preste dinero para pagar la reparación.

En estas condiciones tener una avería en ruta no es, en principio, ningún problema grave para un usuario de automóvil, aunque al engorroso contratiempo de la avería deba unir su absoluto desconocimiento de la mecánica. Todo consiste en encontrar un teléfono, llamar a un número que la Compañía de seguros nos indicó en el momento de concertar la póliza, esperar a que la voz de una amable señorita nos indique qué hemos de hacer y, probablemente, nos diga, al cabo de un rato, que nos pongamos en contacto telefónico con un determinado profesional de la grúa al que ya han avisado, y al que hemos de indicarle exactamente nuestra situación y el lugar donde el automóvil averiado se encuentra.

La grúa nos trasladará el coche al más próximo taller y allí, según la importancia de la avería al ser verificada por un profesional, sabremos «de qué mal hemos de morir», es decir, la importancia de la avería, el valor de su reparación y el tiempo que va a tardarse, aproximadamente, para consumar su arreglo. A la vista de ello nos pondremos de nuevo en contacto por teléfono con la señorita y veremos qué soluciones nos brinda de acuerdo con el objetivo de nuestro viaje. Si se trata de que el objetivo del viaje era una urgente e importante entrevista de negocios y nos faltan 200 o 300, o más kilómetros, para llegar al punto de destino; o si se trata de un viaje de placer con la familia y podemos esperar unos días en el pueblo donde tenemos el automóvil en el taller, etcétera… La señorita acudirá siempre a darnos una solución satisfactoria.

Esta es, a muy grandes rasgos y de una manera muy general, el comportamiento que esperamos de las condiciones expresadas en nuestra póliza de seguros. (Digamos, entre paréntesis, que hasta el momento, por lo que yo se por referencias de mis amigos y conocidos, este servicio se ha comportado con toda corrección en cuantos casos de avería en ruta se han visto involucrados. Puede que haya alguien que esté quejoso de este servicio; es posible; pero en ello puede que pase como en lo que sobre la felicidad decían los antiguos: «La Felicidad —decían— consiste en el equilibrio entre lo que se tiene y lo que se desea». Puede que en el terreno del auxilio en carretera haya quien desee que le paguen el resto de las vacaciones de él y de toda su familia, en cuyo caso puede que no haya equilibrio entre lo que le dan y lo que desea. Personalmente no puedo añadir más datos al respecto pues yo, como es lógico, —de otro modo no escribiría este libro— me he solucionado siempre por completo todas mis averías en ruta y, hasta ahora, nunca he hecho uso de este, al decir de los expertos, excelente servicio).

Bueno: Si analizamos con perspicacia lo que acabo de decir parece que estoy echando piedras a mi tejado. Si con una simple llamada de teléfono tenemos resuelto nuestro problema ocasionado por una avería en ruta, ¿para qué sirve llevar un libro como este en la guantera del coche? O, ¿para qué leerlo, y mucho menos estudiarlo, si la mecánica es la cosa más aburrida del mundo o, si se quiere, una cosa tan complicada, como mínimo, como los circuitos internos de un televisor, con todas sus recuas de tubitos, sus lentejas y sus muchas cajitas encerrando no se sabe qué? ¡Cualquiera le mete mano a un trasto así…!

Pero no sería menos lo que dirían muchos aceptables o incluso excelentes conductores, poseedores del carnet B1, en el caso de que nada sepan ni de mecánica ni de electricidad, cuando levantan la tapa del cofre de su automóvil y se encuentran frente a ellos con algo tan rematadamente abstruso como lo que nos muestra la figura 1. (Y conste que os estoy enseñando ahora una mecánica sencilla, propia de un coche corriente).

Puede que muchos de estos excelentes conductores no supieran ni por donde empezar. Nada aquí les resulta familiar ni identificable. Cables, tubos, grandes masas de hierro o plancha… No basta con ser el mejor abogado de Europa, ni el otorrinolaringólogo más eminente, ni el mejor filósofo especializado en la fenomenología de Husserl, para poder saber cuál es la función de cada uno de los cientos de elementos que estamos ahora contemplando y poder detectar a ojo descubierto una fuga, una torcedura, una desconexión o un falso contacto. Todo tiene su ciencia y el conjunto de lo que estamos viendo en la figura 1 ingresa lo mejor de nuestra tecnología del momento y el mayor talento de todos aquellos hombres que generosamente están dedicados a la más vieja de las tradiciones humanas, es decir, aquella que consiste en crear mecanismos y máquinas que reduzcan el esfuerzo físico del ser humano, que aumenten su poder y que le proporcionen milagrosas posibilidades de hacer con su cuerpo cosas que están por encima de lo que de su naturaleza puede esperarse.

Así pues, ante una avería producida en ruta, nos hallamos frente a un problema que puede solucionarse por teléfono y que, de cualquier manera, si entra dentro de nuestra intención tratar de encontrar y reparar la causa de la avería, estamos en evidente inferioridad si nos enfrentamos a este nutrido conjunto de piezas mecánicas y eléctricas de las que desconocemos por completo su función y sus «costumbres» de funcionamiento. En estas condiciones parece que, en principio, no hay manual que pueda ayudamos ni maldita la gracia que hace que nos ayuden.

Sin embargo las cosas no son exactamente así. Para hacer boca nos encontramos con que una avería en ruta puede significar muy ricamente la pérdida de toda una mañana, de toda una tarde o de todo el día. De entrada las averías en ruta, con la consiguiente parada inevitable del vehículo, no suelen pasar precisamente delante de un teléfono. Lo más propio es que el automóvil se nos pare en medio de una carretera y muy bien puede ser, con suerte, a ocho kilómetros del pueblo más cercano, el cual no siempre puede tener un taller que disponga de grúa. Tampoco nos asegura nadie que la avería se produzca en domingo (día del Señor en el que todos quieren descansar, incluso los que no han leído ni les interesa no ya la Biblia sino el mismo catecismo) de modo que a partir de aquí, desengañémonos, todo va a ser contratiempos.

Pero bien: ya hemos encontrado un buen señor que, en la carretera, ha hecho caso de nuestra señal de auxilio, se ha parado y nos ha brindado el solitario asiento delantero de su coche como ayuda para llevamos hasta el próximo pueblo o donde encontremos un teléfono. De paso nos ha explicado sus muchas aventuras al respecto, en casos semejantes. Por fin hemos telefoneado al número milagroso y se nos ha dicho que esperemos, que nos mandarán una grúa. Ahora solamente nos queda el consuelo de hacer algún crucigrama a la espera de lo que pase.

(No quiero que alguien me llame catastrofista si añado a lo dicho que en el coche hemos dejado a la mujer y a los niños y a la suegra, bajo el sol de justicia del verano, los cuales no saben el motivo de la tardanza ni palabra de la aventura que ha comenzado a correr el compungido conductor víctima de la avería después de haber sido recogido por el coche de un amable caballero que pasaba por allí casualmente).

Por fin aparece una camioneta con el letrero de «Servicio de grúa», nos hace preguntas sobre el lugar donde está el vehículo averiado y nos vamos otra vez a desandar los ocho kilómetros que nos llevan hasta él. Normalmente, al llegar, el conductor de la grúa, que suele ser un medio mecánico, puede que revise un poco el estado del coche, pero lo más propio del caso es que suba el coche a la plataforma del vehículo de auxilio y nos vuelva a llevar los ocho kilómetros, o más, hasta llegar a un taller que nos recomienda porque tiene una buena comisión… y, además, porque puede que no haya otro.

Aquí tendremos que esperar que se produzca la descarga de nuestro automóvil y que el jefe de taller tenga un hueco en su trabajo para que nos dé la primera mirada al motor. Puede ocurrir que la reparación sea bien poca cosa. Un falso contacto, una correa rota y desaparecida, un mal estado de carga de la batería, etcétera; pero puede también ocurrir que la avería sea más complicada e incluso que, finalmente, se descubra que una pieza está rota y hay que reponerla.

Ante esta sentencia final del experto, el usuario tendrá que ponerse en contacto con la amable señorita y ver qué es lo que le sugieren y lo que puede hacerse para continuar el viaje o esperar a
que la reparación se consume. Esta es la historieta de un mal día en la carretera. La imaginación del lector puede añadir aquí tanta salsa como quiera. Puede que no estemos a ocho kilómetros del «próximo taller» sino a 40; puede que la avería nos ocurra en un 4×4 y estemos perdidos en la montaña, en un lugar donde difícilmente va a pasar otro automovilista, por casualidad, para recogernos y llevamos a la búsqueda de una grúa; puede que la avería se produzca de noche y todos los servicios a que hemos aludido se encuentren en los brazos del delicioso dios Morfeo, con sus placenteros ronquidos; puede que, si estamos en período de vacaciones, los talleres también estén gozando de sus «merecidas» vacaciones; puede que esté lloviendo a mares… o nevando; puede que en el momento de la avería el fiel autorradio esté lanzando al aire las notas de la Segunda Sinfonía de Serguei Rachmaninof y tengamos los ojos arrasados en lágrimas… (Que la imaginación del lector añada una aventura tan complicada o tan sencilla de acuerdo con lo que sea más acorde con su temperamento: Si es pesimista ya está bien, creo yo, con lo dicho, pero si es optimista puede convertirlo todo en un día radiante de sol en la primavera llena de flores por los arcenes con el polen de los álamos siendo llevados en volandas por la brisa…)

Pero bueno: En cualquier situación ni siquiera el más optimista de mis lectores podría pensar en algo tan milagroso y agradable como detener el vehículo, abrir el capó trasero, sacar de la conveniente caja de herramientas un destornillador y unas tenazas de poliazadera; abrir el capó delantero, hacer una breve comprobación e identificar rápidamente el tomillo de la abrazadera que estaba flojo; apretarlo, asegurarse de que todo lo demás funciona y volver a darle al motor de arranque. El motor se pone en marcha y aquí no ha pasado nada. Hemos perdido cinco minutos y estamos satisfechos de que nuestro coche esté en nuestras buenas manos.

¡Ya lo se, ya lo se! Muchos de vosotros me vais a decir que si se rompe la bomba de agua o habéis quemado la electrobomba de suministro de gasolina ya puedo salir con un destornillador y unas tenazas a hacer el ridículo observando el motor con mirada inteligente. Pero sabed también una cosa: Cuando se entiende algo de mecánica se sabe apreciar que una bomba de agua va a griparse bastante antes de que su defunción de produzca; por lo tanto, un buen oído ya ha descubierto la avería antes de que llegue a su fin inevitable y ha tomado medidas al respecto antes de salir a un largo viaje. Del mismo modo, la gran mayoría de componentes de un automóvil que pueden dejamos «tirados» en el asfalto tienen sus códigos mediante los cuales nos avisan de sus males de estómago. La mayoría de las veces estos códigos son quejidos en forma de ruidos que pueden distinguirse como los silbidos propios de las juntas deterioradas, los castañeteos propios de los engranajes o el rumor que producen de acuerdo con el aumento de la velocidad, los chacoloteos propios de las cadenas de transmisión, la «máquina de coser» propia de los taqués ajustables, etcétera, etcétera, de todo lo cual ya hablamos —o escribimos, como queráis— a lo largo de este pequeño manual, en capítulos más avanzados.

Si todos estos datos básicos de localización de averías están programados en el cerebro del conductor, ello le dará la máxima confianza cada vez que se ponga al volante de su coche. Pero si en su cerebro ya ocupan muchos Megabytes sus extensos conocimientos sobre la ley de enjuiciamiento criminal, o sobre la función de los triglicéridos, o sobre el conocimiento del ser en la obra de Descartes, Melebranche y Spinoza, lo mejor es que tenga un pequeño disquete en su guantera el cual pueda ponerlo en su cerebro justo en el momento en que se produce la avería. Este pequeño disquete es, ni más ni menos, el presente manual. Yo, que sí tengo en la RAM de mi cerebro incluida la ley de los gases perfectos de BoyleMariotte, la ley de Ohm, y los postulados o leyes de la Termodinámica de SidiCarnot, he escrito, con toda modestia, este pequeño «programa» con el afán decidido de que os sirva de buena ayuda cuando llega el momento crucial de una avería en ruta. Para que sepáis entonces qué se ha de hacer al margen de los servicios de auxilio en carretera que, en todo caso, ya vendrán después cuando sepáis con seguridad que la avería en ningún caso es rutareparable (permitirme la libertad de este neologismo).

Antes de terminar de una manera definitiva este creo que breve capítulo de introducción —palabra que ya no quiero ser más pedante con vosotros— tengo que advertir que también me ocupo de aquellas operaciones tan terriblemente sencillas como lo son, por ejemplo, el hecho de cambiar una rueda cuando nos ha sorprendido un pinchazo. Se que alguien me va a reprochar que vuele tan bajo, pero os voy a decir una cosa: Ni siquiera los mejores manuales de instrucciones que se adjuntan por el fabricante y os es entregado en el momento de la compra del automóvil, dan soluciones reales y prácticas sobre la forma de llevar a cabo esta elemental operación. En el manual del fabricante todo parece sencillo y sin complicación, pero, en la práctica, a veces más de una persona se ha dado por vencida. ¿Qué ocurre cuando se saca, no sin esfuerzo, la tapa de plástico del «embellecedor» de la rueda, luego se sacan todos los tomillos reseñados, y vemos, no sin sorpresa y quebranto, que la llanta con su neumático pinchado y destrozado no se desprende ni a la de tres de su asiento sobre el buje del freno (¡Caramba! Ya estoy diciendo palabrotas); quiero decir, que la rueda no acaba de salir y está como pegada a su asiento?

La cosa tiene a veces sus bemoles —o sus sostenidos— no os vayáis a creer…! La solución en una próxima página de cuyo número ahora no puedo acordarme; pero os daré una pista: la encontraréis en una determinada zona del capítulo 12. Cambiar un fusible también tiene su aquél ¡no os vayáis a figurar!; cambiar una lámpara, una correa de ventilador… todo tiene su técnica que no está escrita en los genes. Aunque éstos proporcionan, desde el ADN, instrucciones precisas para que el cuerpo sepa como digerir una manzana, cambiar una correa puede ser una tarea invencible para un licenciado en Ciencias Económicas. Pero bueno: que no se preocupe. ¡Qué caray!, para eso tenemos ante nosotros este manual de «Cómo reparar sus averías en ruta sin ser un experto».




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